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Mitos de la educación sexual
Importancia de la escuela y la familia
Dra. Olga
Marega.
La educación de la sexualidad humana
es uno de los tópicos de la enseñanza que provoca mas conmoción
dentro del ámbito educativo institucional, y también en el
familiar.
Algunas preguntas nos vienen a la
mente:
¿Que significa educar? ¿Es lo mismo
educar que informar?
¿Quién o quienes deberían educar
sobre sexualidad?
¿Quienes deberían hacerlo? ¿Cómo
deberían hacerlo?
La mayoría de las respuestas se apoyan
en mitos, es decir en conocimientos provenientes de
fuentes no confiables que se transmites como si fueran verdades
absolutas sin tener una base de sustento científico.
Uno de los derechos mas valiosos
de los humanos en relación a su sexualidad es el de recibir
educación sexual.
Según la Declaración de los Derechos
Sexuales aprobada por la Asamblea general de la Asociación
Mundial de Sexología, WAS en el 14 Congreso Mundial de Sexología,
Hong Hong en 1999, el ser humano tiene derecho a recibir
educación sexual.
La sexualidad constituye un pilar
fundamental de nuestra personalidad, y como tal está muy relacionada
con nuestra salud física, emocional, y espiritual. Educarnos
sobre este aspecto tan importante de nuestra vida, nos debería
llevar desde diferentes caminos a mejorar la calidad de nuestras
vidas. Para ello, debemos estar dispuestos a cambiar muchas
actitudes inadecuadas, y a derrocar viejos mitos y tabúes
que hemos heredado de otras generaciones, y reemplazarlos
por actitudes que respeten la dignidad humana y nos hagan
vivir de una manera saludable y feliz.
Uno de los mitos mas escuchados en
relación a este tema es creer que la educación sexual
se debe hacer durante la adolescencia.
De esta manera el adolescente es
visto como el emergente de la necesidad, ya que es en este
momento de su vida cuando está más expuesto a los graves riesgos
de su sexualidad activa, que por múltiples y complejas razones,
el inicio es cada vez más precoz.
Otro mito es considerar que
hacer educación sexual es dar información para prevenir los
riesgos de una sexualidad no premeditada.
La educación de la sexualidad implica
mucho más que eso. Ayuda a formar la identidad sexual, la
orientación del deseo sexo-erótico, los roles sexuales, la
autoestima, la imagen corporal, etc. Y por esta misma razón,
se debe iniciar desde momentos tempranos de la vida, acompañando
al normal desarrollo psicosexual de los niños/as y jóvenes
adolescentes, para que además de construir una sexualidad
responsable, conformen un ser sexuado sano y feliz.
Otro mito que frecuentemente se observa
es creer que la educación sexual es responsabilidad
solamente de la familia, y no de la escuela.
La educación de la sexualidad es
patrimonio de la familia en primer lugar, por ser los padres
los principales educadores en la formación de valores,
y también de la escuela por la que tiene los recursos
para brindar la información veraz en forma sistematizada
y profesionalizada.
La responsabilidad es compartida
por todos quienes de una u otra forma estén cumpliendo el
rol de educador, al brindar conocimiento sobre algún aspecto
de la sexualidad, al comportarse como modelos, o al aportar
los valores que acompañen a la información recibida.
La escuela cumple una función muy
importante, ya que nuclea muchos agentes educadores; y el
maestro tiene una función vital, ya que no sólo debe educar
a los alumnos, sino también a la familia rompiendo prejuicios
y estereotipos, ofreciéndoles informaciones y pautas de comportamientos
que favorezcan una comprensión más amplia y humanizada de
la sexualidad, en un marco solidario y afectivo entre: maestro,
alumno, y familia.
Nuestro desafío como adultos dentro
de este ámbito que convoca nuestra atención, es tratar de
eliminar los antiguos enfoques limitados, sexistas y discriminatorios
utilizados en la educación de la sexualidad. Para ello debemos
juntar coraje, soporte bibliográfico y experiencias que validen
nuestros propósitos, y lanzarnos al campo de batalla contra
quienes son “cuna de prejuicios”, en defensa de
la salud y calidad de vida de las generaciones presentes y
futuras.
Nuestra propuesta debería encaminarse
hacia una educación de la sexualidad participativa y desarrolladora
de valores y actitudes positivas para construir un ser humano
responsable y feliz.
Otro mito es creer que si el
niño/a o el/ la joven reciben educación sexual, se los incentivara
precozmente a iniciar su vida sexual.
La literatura internacional que nos
ilustra sobre este tópico, nos muestra la efectividad de los
programas de Educación de la Sexualidad cuando estos son
idóneamente implementados en la escuela acompañado con una
escuela para padres. Esto significa que los programas deberían
perseguir el propósito de educar las conductas, no sólo de
brindar información, además de transmitir una concepción positiva
sobre la sexualidad en general, aceptación y respeto por la
pluralidad y la equidad de género.
Si bien se reconocen diferentes
resultados vinculados con las diferencias culturales de cada
país que aplica el programa, todos reconocen que no se aumenta
el ejercicio de la vida sexual activa entre los adolescentes;
por el contrario, los jóvenes que reciben Educación Sexual
formal en la escuela desde etapas tempranas inician su vida
sexual más tarde, tienen menos parejas sexuales, y adoptan
el ejercicio de una sexualidad sana y responsable.
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